Te bautizo fe

Saco el abrigo morado, el único que tengo, del fondo de la bolsa de princesas de Disney. Tiene el polvo que el invierno le dejó el año pasado. Me hace estornudar. Lo pruebo con la pijama que llevo puesta y creo que combina. Es sin duda un disfraz para el frío; sentirme otra yo con el abrigo encima y jugar a la fashion que casi nunca soy. Me siento más alta cuando lo uso. Más si me pongo las botas de cuero. Si fuera delgada, me pararían en la calle para pedirme autógrafos. Ja. Me da risa frente al espejo, y una obvia vergüenza. Aún con mi pijama de florecitas desteñidas y tela ya raída.

Sale de mí una persona banal, la más banal de las que puedo ser siempre. Pienso en que el año pasado, a cuatro estaciones de distancia, tantas mujeres compraron el mismo abrigo en Falabella: no tan caro y con aires de grandeza. Y yo que llegué a sentirme original; o bueno, no tanto original sino que había llegado a una elección certera, después de haber repasado todos los almacenes de la calle Florida y sus alrededores. Sería una inversión a largo plazo, me dije, un solo abrigo para noventa días, o para ciento ochenta si contaba el invierno de este año.

Ahora el abrigo, después de desarrugarlo un poco a golpes de estornudos, un poco a golpes contra el muro, parece un muñeco colgado en la ventana. Disfrutaría que fuera de noche y alguien se asustara al verlo en esta calle solitaria del barrio San Telmo.

Guardé ahora a las princesas de Disney. En bolsas como esa, que suena hasta el infinito cuando la doblo, los peruanos llevan a cuestas su mercadería cotidiana. Yo la uso como depósito de estaciones pasadas. Junto a viejos juguetes, acaso unos audífonos dañados o un portalápices quebrado, reposan fotocopias de la distinción de Bourdieu y unas notas de campo de Malinowski.

Y ahora que el invierno llega, a pesar de que hoy sea otoño y la semana pasada me ahogara el verano, se supone que los ánimos se renuevan. Quedo lista para usar el disfraz: el cascarón morado me ocultará durante tantas semanas. Seré más alta y, por qué no, delgada. 

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