Los ojos de Robert Frank

No sé si el mérito más grande de Robert Frank fue tomar las 28 mil fotos que componen su viaje por Estados Unidos, o si más bien lo fue la tarea sin fin de seleccionar, entre tantas, las 86 fotografías de Los americanos.

Es su obra un gran trabajo de edición fotográfica, de recortar los contornos de la vida cotidiana de los estadounidenses, sin por ello dejar escapar los matices y las metáforas que pueblan sus imágenes. No es para nada la mirada de un turista, o puede serlo si se piensa en un hombre recién llegado de Europa que quiere atrapar en su momento exacto la manifestación de los seres extraños que para él fueron los americanos. Sin embargo, digo que no es esa la mirada, porque la observación del artista soslaya la del viajero, y es así como encontramos, en vez de sorpresa, un balance de acogida y exotismo, la puesta en escena -siempre espontánea- de las almas humanas en constante juego con sus vivencias.

Trasciende la obra de Frank hasta nuestros días porque es literatura hecha imagen, tan desbordada de realidad como lo son esas novelas y cuentos de escritores sureños como Flannery O’Connor, William Faulkner y Carson McCullers.

Pienso en esos autores porque las fotos de Frank cuentan las mismas historias. No se trata de cuadros estáticos donde personajes disfrazan maneras o quieren hacer figurar una posición en el mundo. Son narraciones en donde hay una atmósfera, un paisaje que interviene, unos seres que recrean luchas y humildades y, sin duda, un hilo de relato que, en vez de congelar un momento, lo expone para que el espectador piense en el antes y en el después.

“El instante decisivo”, acusado por Henri Cartier-Bresson, ocurre no tanto en el espacio como sí en el ojo del fotógrafo. Es la cierta mirada que interviene como arte y puede perdurar si es éste verdadero.

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