Un médico con lumbago. Una artista plástica que hace masajes. Un zootecnista de llanto fácil. Un abogado escritor de poemas. Un joven profesor en procura de palabras. Un físico de pantaloneta y mente cartesiana. Un ingeniero sin historia privada. Un contador público a kilómetros de distancia. Un licenciado sin correo electrónico. Voces que aún no terminan sus propias biografías. Espejos de lo que nadie ha hecho y todos quisieran lograr. Ocasos cumplidos sin algún arrepentimiento. Fachadas de sonrisas para demostrar lo consumado y guardar lo que no se puede decir. Algún relato triste de la violencia. Alguna dicha de seres salvados, sobrevivientes de la angustia diaria. Emociones acomodadas a los momentos para no perecer en ellos. Un hecho, una frágil situación, un día a día de todos los días, una marcha irremediable del destino que hay que afrontar con la mirada en alto. No un plan consecutivo para acumular futuros recuerdos, sino un dejarse llevar en contra del infortunio. Como personajes van sin manchas por la hoja blanca, inmortalizados en la buena fe y en el coraje de ser quienes han sido. Como personas, cuyo timbre guarda la memoria, son finitos y fatales, desfilan hacia el abismo, llevándose muy adentro un historial de virtudes y antónimos completados con pocos fracasos. Levedad, última palabra.
importaculista
Los textos publicados en este blog son responsabilidad absoluta de la falta de unas gafas nuevas, tal vez del madrugón o del trasnocho, del hambre de las doce del día o de la llenura de las dos de la tarde.
sábado 25 de febrero de 2012
domingo 12 de febrero de 2012
Solamente el cabo final
martes 7 de febrero de 2012
Julio, el perro policía
A Julio le rajaron la lengua con un machete porque a decir de sus vecinos era un insoportable. Su lamento fue un grito casi humano. Escapó adonde nadie pudiera encontrarlo y allí permaneció por cosa de una semana. Unos lo extrañaron como si esa molestia fuera necesaria en medio del sopor de cada tarde. Se largó y regresó, no con la cola entre las patas sino más feroz, con pulmones renovados para ladrar y ladrar a cualquiera que pasara, a toda hora del día.
La culpa era, quizá, de ese nombre de policía viejo y gordo que le habían puesto cuando apenas era un cachorro y más bien parecía un sapo con alas, o un pequeño gremlin de orejas largas. Lo habían dejado abandonado en una cajita junto a sus tres hermanos y a su madre casi muerta. Ahí fue cuando empezó a ladrar sin parar; una alerta inmediata para que los vecinos del CAI San Jorge lo recogieran y adoptaran como galgo comprado. De su camada fue el único que no tuvo dueño pronto, sino que comía y dormía aquí y allá, a la vista de los agentes y de algunas señoras. Le gustaba caminar por el barrio y montarles tropel a los motorizados. A veces daba vueltas por la tienda donde vendían desde carne molida y bandejas de pollo hasta tornillos y lotería. Poco lo querían en esa esquina, pues importunaba a los clientes o intentaba comerse el surtido.
Pero Julio era leal. En el CAI, lo más parecido a su refugio, era buen perro de policía: se subía a la patrulla tan pronto la abrían y ayudaba en los trámites de detención. Morder zapatos y bluyines de los alaracosos ladrones era, más que un pasatiempo, su oficio matutino.
Algunos decían que no le faltaba sino hablar, porque su inteligencia bien podía reflejarse en las decenas de expresiones faciales que le hacían levantar las cejas para mostrarse lastimero y pedir un hueso o bien agachar sus orejas, una más que otra, y hacerse el cómplice de cualquier aventura.
Hemofílicos
Los hemofílicos me dan risa. No ellos, cada uno por separado, sino cuando alguien los menciona en plural: los hemofílicos. Se me pasan por la mente desangrándose a cada paso. Van chorreados por la vida y tienen trapos guardados en todos los bolsillos para cada vez tratar de detener sus hemorragias. No conozco a ninguno y lamento su sufrir, pero me es inevitable convertirlos en caricatura. Por eso cuando el Circular Coonatra pasa frente a la Liga de Hemofílicos, allá en la avenida Ferrocarril, empiezo a avergonzarme. La risa imparable y el dedo índice, desenfundado, señalando la valla de vivos rojos, me delatan ante los demás pasajeros. No sé si la misma liga quiere hacer mofa de sí misma al divulgar su letrero o colorearlo tan realmente como si se tratara de sangre destilada esta mañana.
miércoles 16 de noviembre de 2011
21:02 y Charlie Brown*
Las palabras por dos, las frases por dos. Mis párpados, también por dos, se caen cuando la repetición aparece.
Ritmo acompasado, en el tic tac del cuerpo, el latido vuelve a sentirse y otra vez, sí, de nuevo, el oído escucha lo que ya sabe. Cuando no, las palabras enmudecen y alguna queda rebotando, enfrascada, atornillada, estancada, aprisionada, ping-pong del músculo cardiaco, desliéndose hasta borrarse de la memoria. El juego continúa. Las voces alrededor aparecen para quebrar el cristal.
En la introspección, músculos contraídos, la frase se choca contra una pared de incomprensión, músculos liberados.
No-no-no. Sí-sí-sí. Nadie dice nada. La cabeza acompaña la boca del profesor; sus labios, secos de moverse, su tenue silbido entre las eres.
Falta una hora, repetida son dos. Memoria esfumada, entendimiento reducido a la mitad. Ensoñación interrumpida.
[*La maestra de Charlie Brown es un personaje de mi vida]
domingo 13 de noviembre de 2011
Los delincuentes de importación
No sé si dentro de pocos meses la desnivelada Justicia porteña concluya que los jóvenes muertos en el accidente del domingo (6 de noviembre) eran ladrones de departamentos. Hasta ahora tienen en su contra lo que durante años se ha considerado una gran prueba: “eran colombianos”, es decir que provienen de ese lugar mítico donde matar y robar es el pan de cada día. No es suficiente argumento, pero “es” y, para muchos, con eso basta.
No importa, entonces, que los demás datos de esta investigación sean débiles, o que lo sean también los referidos a 24 casos de robos de departamentos que este año vinculan a colombianos. Hay desde ya un afán de culpar, de encontrar respuesta –nunca solución– al supuesto incremento de la inseguridad, ese monstruo que los diarios hegemónicos se empeñan en entronizar como una tarea de terror y encierro.
Buenos Aires es una ciudad de múltiples atractivos para cualquier extranjero. Pero hay puertas que algunos quieren cerrar. A los inmigrantes de distintos países se los ha puesto ya en cajitas de colores que los distinguen según la piel que los cubre, el dinero que pueden gastar y el mal infinito que parecen dispuestos a hacer. “Colombiano - delincuente” es una asociación simple, pero que rechazamos los más de 15 mil estudiantes colombianos que vivimos en esta capital y en las provincias respetando las leyes civiles y cotidianas.
Es fácil crear estigmas sociales y ver en todos lados posibles culpables; lo difícil es hacerse preguntas en medio de sistemas legales a los que les estorba la presunción de inocencia.
(Publicado en la revista El Guardián, 11-17 de noviembre del 2011, Buenos Aires.)
(Información adicional, aunque poco equilibrada: http://www.clarin.com/ciudades/Once-ocupantes-Clio-sospechados-ladrones_0_587341361.html)
lunes 24 de octubre de 2011
Y...
No vuelvo a escribir discursos no vuelvo a escribir discursos no vuelvo a escribir discursos no vuelvo a escribir discursos no vuelvo a escribir discursos no vuelvo a escribir discursos no vuelvo a escribir discursos no vuelvo a escribir discursos no vuelvo a escribir discursos no vuelvo a escribir discursos no vuelvo a escribir discursos no vuelvo a escribir discursos no vuelvo a escribir discursos no vuelvo a escribir discursos no vuelvo a escribir discursos no vuelvo a escribir discursos no vuelvo a escribir discursos no vuelvo a escribir discursos no vuelvo a escribir discursos no vuelvo a escribir discursos no vuelvo a escribir discursos no vuelvo a escribir discursos no vuelvo a escribir discursos no vuelvo a escribir discursos.